Inicio 2017 marzo IV Domingo de Cuaresma. Laetare

IV Domingo de Cuaresma. Laetare

IV Domingo de Cuaresma.
Domingo de Laetare (Alegría)

Señor, queremos ver. Hay en todos los que nos reunimos para celebrar la Eucaristía, una oración que consciente o inconscientemente repetimos una y otra vez:

«Señor, queremos ver» «Señor, que vea». ¿Quién de nosotros no ha pedido:
Haz, Señor, que vea el cómo educar a los hijos.

Haz, Señor, que vea lo que me estás pidiendo en cada momento.

Haz, Señor, que te vea en todo cuanto nos acontece.

Haz, Señor, que vea. Porque en verdad, muchas veces, casi siempre, no terminamos de verlo claro, y dudamos, y nos cansamos, y nos desesperamos, y no acertamos.

Y es que hemos de reconocer que el camino del creyente, el camino del cristiano, tiene muchos rincones de oscuridad y a menudo, ha de ser seguido a tientas porque nuestra mirada no da para más. Y muchas veces ni tan siquiera somos culpables de nuestra ceguera, de nuestras oscuridades: nos vienen de nacimiento, o de nuestra familia, o del ambiente en el que se ha desarrollado nuestra vida, pero hay otras muchas veces que sí somos culpables de nuestras cegueras.

Vemos muchas cosas, es verdad, pero se nos escapan las más importantes. Nuestros ojos se parecen a los de Samuel en la 1ª Lectura, que se fijan en la estatura y en las apariencias, pero no ven el corazón: no ven el corazón de las personas, no ven el misterio de la vida.

¡Cuántas cosas, cuántas experiencias nos estamos perdiendo por esa superficialidad en nuestras relaciones!
No somos capaces de compartir nuestros sentimientos ¿qué van a pensar?, nuestras dudas e insatisfacciones ¿qué dirán?, nuestros anhelos, deseos, aspiraciones más profundas ¿pensarán que estoy loco?, y por eso nos quedamos en las apariencias de las cosas, de los acontecimientos, de las personas, de la vida, nos quedamos en las apariencias de Dios mismo, porque no nos esforzamos en mirar a Dios .

«Ver o perecer» decía Teilhard de Chardin: Quien no sabe ver, no descubre, y quien no descubre no participa; y el ser que no participa se convierte en un objeto errático, inquieto, sin sentido.
Saber ver significa saber habitar el mundo y las cosas, y porque nuestra mirada es tan limitada, Jesús se presenta hoy entre nosotros como la luz del mundo. ¡ Quién mejor que él para limpiar nuestros ojos y corregir nuestra mirada!

Hoy Jesús, también pasa, se acerca a cada uno de nosotros, como se acercó al ciego de nacimiento. Y hoy nos ayuda a pasar, con su ejemplo, de una mirada exterior, de apariencias, a una mirada profunda, interior y luminosa. Esa es la mirada de la fe. ¿Cómo? ¿Cómo ver, vivir en profundidad las cosas y los acontecimientos? Y nos presenta el Evangelio del ciego de nacimiento. Jesús untó de barro sus ojos para hacerle caer en la cuenta de sus limitaciones.

1º- Reconoce tu ceguera. Es decir siente la necesidad de plenitud y valora el poder y la gracia. El que se cree con buena vista no podrá nunca ser curado.
2º- Escucha la palabra. Jesús le dijo: ve y lávate. Es estar abierto
a las palabras que Dios nos promete, es confiar, esperar.
3º- Dejarse conducir. Ve a la piscina de Siloé, Donde quiera y como Él quiera, no donde queramos y como queramos nosotros.
Fiarse en todo momento de él, no poner resistencia ni obstáculos a la gracia.

Hay que ponerse en las manos de Dios y dejarse llevar, aunque no siempre entiendas sus caminos.
El que revistiéndose de Dios cada día, se entrega a los demás, ve claro el camino y vive con alegría la vida.
Hay mayor alegría que ver claro?

Jesús fue la causa de la alegría para aquel ciego. Jesús ha de ser la causa de nuestra alegría: no estamos solos, él nos acompaña:
#Alegrémonos

Luis Gomariz Hernández.

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